𝗖𝗥𝗘𝗖𝗘𝗥 𝗖𝗢𝗡 𝗔𝗥𝗧𝗘 #𝟭𝟮
𝗟𝗮 𝗱𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗰𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗰𝗿𝗲𝗮𝘁𝗶𝘃𝗮.

En el invierno de 1906, Picasso empezó a trabajar en lo que sería la pintura más importante de su vida hasta ese momento. Cientos de bocetos preparatorios. Una escena de burdel con siete figuras: cinco mujeres, un marinero cliente y un estudiante de medicina con una calavera en la mano — un memento mori, una advertencia moral perfectamente articulada. Todo claro. Todo coherente. Todo funcionando.

Durante los meses siguientes, Picasso fue eliminando. Primero los dos hombres. Luego la narrativa. Luego la perspectiva convencional. Las dos figuras de la derecha fueron repintadas completamente bajo la influencia de las máscaras africanas que había visto en el Museo Etnográfico de París. Lo que quedó — Las señoritas de Avignon, 1907 — era tan radical que sus amigos más cercanos quedaron desconcertados. La pintura no se expuso públicamente hasta 1916. Picasso ni siquiera le puso título.

No destruyó lo que no funcionaba. Destruyó lo que funcionaba perfectamente.

En 1935, con más de cincuenta años y una obra que había atravesado el período azul, el rosa, el africano, el cubismo analítico, el cubismo sintético y el neoclasicismo —estilos radicalmente distintos entre sí, cada uno construido sobre las ruinas del anterior— Picasso le dijo a Christian Zervos en Cahiers d’Art:

«Todo acto de creación es primero un acto de destrucción.»

No era una teoría. No era una provocación. Era un hombre mirando hacia atrás y nombrando por primera vez lo que había estado haciendo durante décadas sin haberlo formulado todavía. Cada vez que un estilo estaba consolidado, lo abandonaba. Destruía lo que funcionaba demasiado bien. Porque lo que ya dominas ocupa el espacio donde algo nuevo debería nacer.

Los fracasos se nombran, se analizan, se llevan a reuniones. Los éxitos se vuelven invisibles — se convierten en la condición natural de las cosas. Y son ellos los que ocupan el espacio donde algo nuevo debería nacer.

A veces la inversión y la vía negativa nos permiten ver con ojos nuevos, como en el revelado de una fotografía analógica: la imagen ya estaba en el negativo — el revelado, en el doble sentido, no crea nada nuevo, hace aparecer lo que siempre estuvo ahí.

Hay una forma de hacer esto como un juego.

Elige un proyecto, una reunión, un proceso que no termina de funcionar. Y hazte esta pregunta:

¿Qué tendrías que hacer para garantizar que fracase sin remedio?
Da rienda suelta. Sin filtros. Sin autocensura. Todo vale.
Cuando tengas una bonita y larga lista de actos de sabotaje, plantéate una sola pregunta más: ¿cuánto de esto estás/estamos haciendo ya?

Lo que aparece son disfuncionalidades, ineficacias, creencias, omisiones, tabúes. Una estructura que frena la renovación, la innovación o el progreso. Nada nuevo puede verse en una caja cerrada por el cerrojo de las costumbres. Hay que romper el cerrojo.

#CrecerConArte #Aiclab #ArteYEmpresa #DesarrolloHumano
Autor: Joaquín Candeias

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